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Cultura

¿Sabran mis manos tu nombre?

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Autodesterrarse del Soconusco puede servir para muchas cosas: dentro de ellas para olvidarse de los malos amores, de los días de infortunio, de sequías nada alentadoras para las cosechas, de madrugadas aterradoras y tantos otros males que devolverlos a la lengua no hacen falta, porque enseguida abren las heridas que aparentemente han quedado cicatrizadas por el correr de los años y la distancia que se tiene de donde uno habita hoy y vivió ayer.

Pero autodesterrarse también sirve para ponerle brillo a la memoria, del lado del hemisferio donde están resguardadas todas las buenas vivencias que la mente guarda de manera celosa, como si fuera un cofrecito de roble fino que aviva su persistencia con sombra de un aroma seco. Regularmente abro ese cofrecito todos los días del año, a cualquier hora y en cualquier lugar. Sobre todo lo abro donde la brisa del sur se deja sentir en mi rostro, para con ello sentir el aliento del mar. Hay días en que los recuerdos -creyendo estar sepultados en esa caja olorosa a madera antigua-, intentan salir en estampida; entonces rápido, pero no de manera violenta, cierro el respirar del cofre para no lastimar ningún segmento de sus almas y sus nombres, ya que el lesionarlos mermaría mi patrimonio memorial a esta edad en que sólo sé de mi cuando descubro mi imagen en el plano espejo que como reloj lleva el registro de mis días. Dentro de la memoria veo tu nombre, que sigue siendo como una flor nacida al pie de los lomeríos de Acapetahua; pues sigue oliendo a nanchi silvestre, a marañon púrpura, a monte que solo se cobija con la piel del cielo. A tu nombre lo llevo a mi boca que después vierte una sustancia indescifrable que unto en la pared del tiempo, donde inmediatamente comienza a proyectarse una película con colores infinitos que ni la luz en la tierra logra hacer. Te veo, me veo. Yo al lado tuyo, a tu derecha de anillo y pulsera sonora que brilla más intensa que el agua que ahora corre en el Cintalapa en agonía. Mis ojos descubren tu rostro, tu mirar y sonrisa de arcoíris. Mis ojos te ven y no les importan verme o no logran mirarme dentro de la luminosidad que eres y fuiste envuelta en tu amar sonoro. Ahí estas con tu falda amplia que una noche cobijó mis manos bajo tu vientre ante un sinfín de guiños nocturnos, que también como yo pernoctaron acariciando tus pechos en un invierno en que los perros soñaban sus muertes. Ahí estoy contigo en la película, leyendo tu cuerpo como si fueras un periódico donde leo mi suerte, la tuya, nuestra suerte maldita que nos abandonó a medio camino cuando no llegábamos ni a los veinte años y no habíamos aprendido a contar las semillas brotadas en los parajes encantados de nuestro pueblo polvoriento. ¿Qué pasaría si esta película la viéramos los dos juntos?. Pensarías que es una de corte amoroso como las que pasaban en el viejo Cine Regis después de tocar en vetusto aparato de sonido La Marcha de Zacatecas; y tu y yo, prestos, tomados de las manos íbamos a sumergirnos en el ambiente oscuro, a entregarnos al faje nuestro de cada día. Nos vieron, nos veían, y tu los sabes como al igual lo saben estas manos que aun huelen a ti. Por ello me pregunto: ¿Sabrán mis manos tu nombre?

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Cultura

Cuentos y dichos del niño y el adulto zapoteca espinaleño

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Profesor Luis Castillejos Fuentes / Libro El Espinal: génesis, historia y tradición / Foto: Internet

El terror a la muerte es la base del animismo primitivo de los zapotecas y los niños de antaño, mezcla resultante en alguna forma de este grupo étnico, traen consigo esta mentalidad que tiende a manifestarse en su vida cotidiana. La oscuridad de la noche era propicia para que, sentados sobre un pequeño montículo de arena fresca de río, la chamacada contara historias  sobre fantasmas: “Guenda ruchibi”. Unas veces las oían en voz de los “viejos”, otras de  algún niño que con buena memoria se las transmitía. Se hablaba del bidxaa, espíritu de alguien que se creencia le atribuye madad, que se hace presente o no, deambula en lo oscuro provocando ruidos y gritos extraños imitando la expresión gutural de algún animal. El “sombrerote,” personaje vestido elegantemente y “con mucha plata” para ofrecerla al incauto que cae en su seducción y dominio, convertirlo en su vasallo y llevarlo a vivir lejos, en la cumbre de una montaña o en alguna cueva para en un momento dado hacer el “mal” a otros, pues supónese que tiene pacto con el diablo, binidxaba. Se Cuenta también la historia de “la llorona”, mujer vestida de una blanca y sudada manta que gime desgarradoramente, ya que de esta forma expresa que su alma en pena vaga hasta que algo pendiente que ella dejó en el mundo de los vivos se vea realizado. Todos, “entes” imaginarios, pero eso sí con la creencia de ser portadores del mal y en la charla se da como si lo que se expone fuera una realidad, que aunque provoque miedo,  se torna, interesante para la mente infantil.

En el ambiente de pueblo, todo mundo se conoce, se respeta y se saluda. Y no falta alguien peculiar en su modo de ser, que lo hace distinto del otro, ya sea por poseer  congénito o adquirido algún vicio, cualidad, virtud, etc., sea por defecto físico o por algún hábito fuera de lo común que despierta curiosidad, gracia, burla, admiración y risa en niños y adultos. Este tipo de personaje se hace “relevante”, queda su dicho y su hecho para el comentario grato: Tá Llanque Castillejos “Chiquito”, empedernido tomador de mezcal, su saludo es un grito desgarrado y su gracia colocar un cigarrillo de hojas sobre sus pobladísimas cejas y exhibirse, “zou náa la o zahua lii” ese era su dicho habitual,  José “Huipa” ex-soldado de leva en la revolución, donde alcanzó el grado de cabo, traumado por lo que sufrió en sus andanzas y de mal comer en la brega, después de ingerir “anisado” marchaba solo por las calles haciendo ademanes con saludo militar. Genaro Clímaco, Naro Lele por sus largas extremidades inferiores, semejando al alcaraván, con unas copas que impactaban su cerebro le daba por filosofar: “si tu mal no tiene remedio, porqué sufres y si tu mal tiene remedio también porqué sufres” solía decir con cierta visión premonitoria hacia lo que en la vida es bueno o es malo. Ta Rafé Lluvi, músico por afición y por su adicción al “trago” ya no lo contrataban, de un instinto vivaz, con un papel u hoja verde de lambimbo sobre un peine, de su ronco pecho entonaba melodías para que algún parroquiano le obsequiara una copa y después a su “banquete” que era residuo de tortilla y sobras de comida que con los cerdos compartía en una canoa de madera. Y Tá Rafé aguantó más de un siglo a pesar de esa “vida”. Erasmo Toledo perspicaz y agudo charlador, su plática amena y entretenida despertaba interés y sus frases quedan: Naa Tá Llamo. Xi tal xa llac, le dice un amigo a otro, zaquezi naa marínu. ¿Cómo estás? es la pregunta y la respuesta, es “como siempre”, aunque hayan pasado varios años, hasta los 81, que ya pesaban sobre el cuerpo de Beto Marinu y que por lo mismo no podía conservarse igual, y tiempo después fue hallado muerto en un basurero.

 En las fiestas patrias, la noche del grito y el desfile obligado del l6 de septiembre, con la tabla calisténica organizada por el profesor Bruno Escobar Fuentes, acto muy concurrido porque era de regocijo para la gente del pueblo. Era especie de fiesta popular. Al terminar  el acto literario y el presidente municipal en turno de dar “el grito”, la concurrencia abandonaba el escenario. Quedaban algunos, ya “encopetados”, que a la voz de tribuna libre arengaban a la multitud: Ta Queño Cueto ngüí, Pedro Ché Vale, José “Huipa” y otros, lo hacían habitualmente, sus dichos incoherentes y burlones sobre algún hecho que la autoridad hacía mal, provocaba risas entre los espectadores para luego abandonar el lugar hasta el amanecer.      

Allá por los años cuarenta, antes de abrirse la carretera internacional, mercaderes oaxaqueños, “vallistos”, pasaban por Espinal, estancia de descanso después de un largo peregrinar. Cargaban sobre sus espaldas gruesas y pesadas pacas de pescado seco de san Mateo del Mar para llevar a Oaxaca. Tenían que cruzar en el trayecto la sierra de Guevea y Escuintepec y bajar a Mitla. En algún corredor de casa grande, estancia descansaban y los niños por curiosidad se asomaban y los rodeaban para hacerles picardía, robar algo de su mercancía mientras dormían y reírse de su indumentaria y de su menudo pero macizo cuerpo, al mismo tiempo, admirar su resistencia.

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El apodo para diferenciar al común ciudadano o simplemente para distinguirlo de otro, es de uso común  en los pueblos zapotecas, Al sustantivo se le acompaña con un adjetivo para la fácil identificación: así se dice de Luis “nanchi”, Luis “niño”, Luis “valor”, Luis “guitu”, de José; ché “cuachi”, ché “benda”, ché “bachana”, ché “tita”, ché “huabi”, ché “mistu”, de Antonio; Toño “morral”, Toño “músico”, Toño “neta”, Toño “llúu”, etc.

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Ganadores del Primer Concurso de Composición de la Canción Oaxaqueña 2024 «Canto de mi tierra»

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La redacción

Oaxaca de Juárez, Oax.-(Cortamortaja) 15 de junio de 2024.- La Secretaría de las Culturas y Artes premió a los ganadores de la fase regional del Primer Concurso de Composición de la Canción Oaxaqueña 2024 “Canto de mi tierra”. El evento se llevó a cabo en el auditorio del Tecnológico del Istmo este sábado, donde compositores de la región del istmo mostraron lo mejor de su talento musical.

Ganadores:

  1. Ricardo Amadeus Morquecho Toledo de Juchitán, con la canción “Oaxaqueño soy” (Primer Lugar).
  2. Amilkar Jiménez Juan de San Juan Guichicovi, con la canción “Oaxaca” (Segundo Lugar).
  3. Edgar Daniel Cartas Orozco de Santa María Mixtequilla, con la canción “Oaxaca en Primavera” (Tercer Lugar).

Jurado calificador:

  • José Hinojosa Martínez
  • Juan Nelson Enrique Rosas
  • Gustavo Pineda Díaz
  • Florentino Toledo de la Paz
  • Gustavo Álvarez Villalobos

El concurso destacó el talento y la creatividad de los compositores de la región, promoviendo la riqueza cultural y musical de Oaxaca. Las composiciones ganadoras reflejan el orgullo y la diversidad de la identidad oaxaqueña, resonando con la belleza y la historia de la tierra zapoteca.

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