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Cultura

El fotógrafo insólito

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Cuando los jóvenes de Juchitán terminaban la primaria, les exigían retratarse para la foto del certificado y les pedían también que se retrataran con saco y corbata, por lo cual todos acudían con el único fotógrafo del pueblo, don Flavio, por casualidad sobrino del director de la escuela.

Era un hombre alto, fornido, poseedor de un saco, de la época de su soltería y, según platicaba a los muchachos, formaba parte del traje con el cual se casó. El saco tan grande, les quedaba como abrigo a todos, era de color café con rayas verticales, solapa ancha y corte cruzado, de la moda de los años treinta, del estilo que usaba Frank Niti, el de la mafia de Al Capone, en las películas de ese tiempo, la corbata tenía un nudo permanente y estaba colgada de un clavo puesto en la pared del estudio, lista para usarse, mientras que el saco –sin ninguna protección contra el polvo- pendía de una percha con tres ganchos y, un espejo pequeño, para que se vieran los clientes antes de retratarse.
En Juchitán soplan vientos muy fuertes en el invierno, los cuales levantan mucha tierra fina que cubre y ensucia los muebles de la casa y la ropa, aunque esté guardada en el armario; por eso, cuando el fotógrafo sacudía el saco levantaba una densa polvareda que invadía de tal modo el estudio, que no se veía nada ni nadie, provocando accesos de tos a los jóvenes. Cada quien llegaba, en grupos de cinco, con su camisa blanca puesta, pero como entre ellos había unos muy pobres que no tenían camisa blanca, los compañeros les prestaban una.
Entonces el fotógrafo ajustaba el nudo de la corbata al cuello del joven, lo peinaba, le lavaba la cara y lo ponía frente al espejo.
En el momento de ponerse el saco, el cual era tan viejo y usado y estaba tan raído del forro de las mangas que daba problemas muy serios para ponérselo, por lo cual el fotógrafo –por el extremo de la manga- metía una vara larga y decía:
-Cójase de la vara para que pueda sacar la mano. Esta era la única manera de ponerse el saco, pues mano y el brazo se perdían en el laberinto de la manga, por lo cual, la operación de ponerse el saco, consumía mucho tiempo, ciencia y paciencia.
Para no desesperar a los demás, el fotógrafo contaba mientras cuentos, chistes y anécdotas del pueblo, entreteniendo así a los que esperaban turno. En cuanto a la corbata, no se sabía cuál había sido su color original: de lo sucio, mugrienta y grasosa que estaba.
Todos los muchachos, con excepción de los niños ricos, era la primera vez en su vida que se retrataban; algunos tenían miedo a la cámara porque, según creencias atávicas heredadas del pasado remoto, la luz de la cámara les robaba el espíritu, les trastocaba el alma o, después de la foto, podrían quedarse idiotas, con retraso mental y otros defectos de consecuencias irreversibles; por eso en ese tiempo no todas las personas se atrevían a retratarse, aunque muchos lo tenían que hacer por necesidad, ya fuera para obtener un certificado, credencial o algún otro papel oficial para trabajar o estudiar.
En ese entonces eran muy pocas las personas que se fotografiaban por gusto, mientras que otras por su posición económica –holgada- lo hacían porque podían pagar, particularmente en sus cumpleaños o en alguna fecha memorable. Al efecto, se organizaban grupos de amigos y amigas para retratarse con la idea de enmarcar sus fotos y ponerlas en la pared. Para decorar la sala de la casa grande aparte de que a veces las intercambiaban entre la gente más cercana por lazos de sangre o amistad, se llamaba casa grande a las dos habitaciones del hogar de los juchitecos, donde ubican sala, comedor y recamara, mientras que la casa chica era otra habitación, separada, donde estaba la cocina.
Cuando una persona moría, si era el padre, la madre o el hermano mayor, se trasladaba la foto a la mesa del santo o pequeño altar improvisado de la casa, para venerarlo poniéndole flores y veladoras todas las mañanas y pedirles a ambos que intercedieran por los vivos ante dios, los santos y vírgenes de la predilección.
Todos los estudiantes que terminaron la primaria en la década de los años cincuenta-setenta, están fotografiados con el mismo saco del inolvidable don Flavio, quien sin proponérselo resulto ser el fotógrafo de cabecera de los estudiantes, y su saco, el traje o uniforme oficial.
Hasta la fecha, la gente pobre o con costumbres conservadoras continúan teniendo en sus casas esos altarcitos domésticos, los cuales utilizan para todas sus alegrías, peticiones, tribulaciones, incluyendo hincar ante ellos al vástago descarriado en escuela o costumbres, para que delante de la divinidad prometa enmendar el camino.
*Tomado del libro “Reminiscencias de la tierra nativa”
Autor: Aurelio Gallegos Bartolo
Edición: 2003 de la Fundación Todos por el Istmo, A.C.

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Cultura

Juana Hernández López: La Voz de la Mixteca que resuena en la Guelaguetza 2024

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Una vida de lucha y dedicación que une fronteras y preserva la riqueza cultural de su comunidad

Oaxaca de Juárez, Oaxaca.- (Cortamortaja) 22 de Junio de 2024.- En el corazón de la Guelaguetza, la festividad más emblemática de Oaxaca, ha emergido una figura que encarna la resistencia, el amor por la cultura y la dedicación incansable a su comunidad. Juana Hernández López, originaria de Santiago Juxtlahuaca, ha sido coronada como la Diosa Centéotl 2024, una distinción que celebra no solo su belleza y carisma, sino también su extraordinaria trayectoria y compromiso social. Hoy, en un momento aún más significativo, Juana celebra su 65 cumpleaños, un detalle que añade más emoción y significado a su historia de vida.

Juana no es solo una docente de español e historia; es una narradora de la realidad y una guerrera por la justicia educativa. Su camino ha estado marcado por la adversidad y la migración, habiendo tenido que dejar su amado Juxtlahuaca para buscar oportunidades en Estados Unidos. Esta experiencia no la quebrantó, sino que la fortaleció, convirtiéndola en una voz poderosa para la comunidad migrante mixteca.

En Fresno, California, Juana tomó las riendas de Radio Bilingüe, entendiendo que cuando los migrantes cruzan las fronteras, llevan consigo más que pertenencias; llevan su lengua, su cultura y su identidad. Desde los micrófonos de la radio, Juana se convirtió en un faro para aquellos que añoraban su tierra, ofreciendo no solo información y compañía, sino un puente que conectaba corazones divididos por la distancia.

El regreso de Juana a Juxtlahuaca no fue un retorno a la comodidad, sino una extensión de su misión. Desde 2019, ha dirigido un programa en XETLA, La Voz de la Mixteca, donde comparte su lengua materna, las tradiciones ancestrales y las historias de la comunidad migrante. A través de las ondas radiales, sigue tejiendo la trama de su cultura, manteniéndola viva y vibrante.

Juana Hernández López no solo representa a las mujeres de su comunidad; representa a todas aquellas personas que han tenido que abandonar su hogar en busca de un futuro mejor. Su historia es un testimonio de resiliencia y pasión, un recordatorio de que la cultura es un tesoro que nos sigue, nos define y nos une, sin importar cuán lejos estemos de nuestro lugar de origen.

Hoy, como Diosa Centéotl y celebrando sus 65 años, Juana ilumina la Guelaguetza con su presencia y su historia, una luz de esperanza y fortaleza para todos aquellos que, como ella, creen en el poder transformador de la educación y la cultura.

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Cultura

Cuentos y dichos del niño y el adulto zapoteca espinaleño

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Profesor Luis Castillejos Fuentes / Libro El Espinal: génesis, historia y tradición / Foto: Internet

El terror a la muerte es la base del animismo primitivo de los zapotecas y los niños de antaño, mezcla resultante en alguna forma de este grupo étnico, traen consigo esta mentalidad que tiende a manifestarse en su vida cotidiana. La oscuridad de la noche era propicia para que, sentados sobre un pequeño montículo de arena fresca de río, la chamacada contara historias  sobre fantasmas: “Guenda ruchibi”. Unas veces las oían en voz de los “viejos”, otras de  algún niño que con buena memoria se las transmitía. Se hablaba del bidxaa, espíritu de alguien que se creencia le atribuye madad, que se hace presente o no, deambula en lo oscuro provocando ruidos y gritos extraños imitando la expresión gutural de algún animal. El “sombrerote,” personaje vestido elegantemente y “con mucha plata” para ofrecerla al incauto que cae en su seducción y dominio, convertirlo en su vasallo y llevarlo a vivir lejos, en la cumbre de una montaña o en alguna cueva para en un momento dado hacer el “mal” a otros, pues supónese que tiene pacto con el diablo, binidxaba. Se Cuenta también la historia de “la llorona”, mujer vestida de una blanca y sudada manta que gime desgarradoramente, ya que de esta forma expresa que su alma en pena vaga hasta que algo pendiente que ella dejó en el mundo de los vivos se vea realizado. Todos, “entes” imaginarios, pero eso sí con la creencia de ser portadores del mal y en la charla se da como si lo que se expone fuera una realidad, que aunque provoque miedo,  se torna, interesante para la mente infantil.

En el ambiente de pueblo, todo mundo se conoce, se respeta y se saluda. Y no falta alguien peculiar en su modo de ser, que lo hace distinto del otro, ya sea por poseer  congénito o adquirido algún vicio, cualidad, virtud, etc., sea por defecto físico o por algún hábito fuera de lo común que despierta curiosidad, gracia, burla, admiración y risa en niños y adultos. Este tipo de personaje se hace “relevante”, queda su dicho y su hecho para el comentario grato: Tá Llanque Castillejos “Chiquito”, empedernido tomador de mezcal, su saludo es un grito desgarrado y su gracia colocar un cigarrillo de hojas sobre sus pobladísimas cejas y exhibirse, “zou náa la o zahua lii” ese era su dicho habitual,  José “Huipa” ex-soldado de leva en la revolución, donde alcanzó el grado de cabo, traumado por lo que sufrió en sus andanzas y de mal comer en la brega, después de ingerir “anisado” marchaba solo por las calles haciendo ademanes con saludo militar. Genaro Clímaco, Naro Lele por sus largas extremidades inferiores, semejando al alcaraván, con unas copas que impactaban su cerebro le daba por filosofar: “si tu mal no tiene remedio, porqué sufres y si tu mal tiene remedio también porqué sufres” solía decir con cierta visión premonitoria hacia lo que en la vida es bueno o es malo. Ta Rafé Lluvi, músico por afición y por su adicción al “trago” ya no lo contrataban, de un instinto vivaz, con un papel u hoja verde de lambimbo sobre un peine, de su ronco pecho entonaba melodías para que algún parroquiano le obsequiara una copa y después a su “banquete” que era residuo de tortilla y sobras de comida que con los cerdos compartía en una canoa de madera. Y Tá Rafé aguantó más de un siglo a pesar de esa “vida”. Erasmo Toledo perspicaz y agudo charlador, su plática amena y entretenida despertaba interés y sus frases quedan: Naa Tá Llamo. Xi tal xa llac, le dice un amigo a otro, zaquezi naa marínu. ¿Cómo estás? es la pregunta y la respuesta, es “como siempre”, aunque hayan pasado varios años, hasta los 81, que ya pesaban sobre el cuerpo de Beto Marinu y que por lo mismo no podía conservarse igual, y tiempo después fue hallado muerto en un basurero.

 En las fiestas patrias, la noche del grito y el desfile obligado del l6 de septiembre, con la tabla calisténica organizada por el profesor Bruno Escobar Fuentes, acto muy concurrido porque era de regocijo para la gente del pueblo. Era especie de fiesta popular. Al terminar  el acto literario y el presidente municipal en turno de dar “el grito”, la concurrencia abandonaba el escenario. Quedaban algunos, ya “encopetados”, que a la voz de tribuna libre arengaban a la multitud: Ta Queño Cueto ngüí, Pedro Ché Vale, José “Huipa” y otros, lo hacían habitualmente, sus dichos incoherentes y burlones sobre algún hecho que la autoridad hacía mal, provocaba risas entre los espectadores para luego abandonar el lugar hasta el amanecer.      

Allá por los años cuarenta, antes de abrirse la carretera internacional, mercaderes oaxaqueños, “vallistos”, pasaban por Espinal, estancia de descanso después de un largo peregrinar. Cargaban sobre sus espaldas gruesas y pesadas pacas de pescado seco de san Mateo del Mar para llevar a Oaxaca. Tenían que cruzar en el trayecto la sierra de Guevea y Escuintepec y bajar a Mitla. En algún corredor de casa grande, estancia descansaban y los niños por curiosidad se asomaban y los rodeaban para hacerles picardía, robar algo de su mercancía mientras dormían y reírse de su indumentaria y de su menudo pero macizo cuerpo, al mismo tiempo, admirar su resistencia.

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El apodo para diferenciar al común ciudadano o simplemente para distinguirlo de otro, es de uso común  en los pueblos zapotecas, Al sustantivo se le acompaña con un adjetivo para la fácil identificación: así se dice de Luis “nanchi”, Luis “niño”, Luis “valor”, Luis “guitu”, de José; ché “cuachi”, ché “benda”, ché “bachana”, ché “tita”, ché “huabi”, ché “mistu”, de Antonio; Toño “morral”, Toño “músico”, Toño “neta”, Toño “llúu”, etc.

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